Historia
Han transcurrido ya más de cuarenta años desde la fundación de APDE y ahora es el momento de reflexionar juntos sobre los aspectos capitales, sobre las ideas básicas que presidieron la fundación y el desarrollo de esta institución educativa.
Es buen momento, porque estos años nos llevan a encerrar un doble significado particularmente entrañable: madurez y fidelidad. Hemos alcanzado una cierta mayoría de edad, una experiencia, un saber hacer. Somos conscientes de que no faltan sombras junto a las luces, pero también de que desde el primer día, nos hemos esforzado por ser fieles a lo que es esencial, a lo que encierra un valor permanente y hace posible la eficiencia de esta institución educativa.
Hace más de cuarenta años, unos padres de familia conscientes de sus derecho y deber irrenunciable sobre la formación de los hijos, se empeñaron en promover unos centros escolares donde recibieran una educación que fuese una continuación de la que procuraban en su familia.
El propósito respondía a la naturaleza de las cosas: unos padres, conscientes de su responsabilidad de primeros educadores, establecían unos centros escolares para sus hijos.
La sencillez de este planteamiento, tan novedoso como coherente, estaba acompañada de la necesidad de diseñar un proyecto original, para armonizar las intenciones y los esfuerzos de padres, profesores y alumnos en una tarea común que a todos enriquece y a todos beneficia.
Eran padres de familia normales, hombres y mujeres ocupados en sus respectivos trabajos, pero que entendieron que valía la pena dedicar tiempo para invertirlo en el más importante de los negocios, en el proyecto principal de sus vidas: la educación de sus hijos.
¿De quién habían recibido la audacia y la grandeza de ánimo, el espíritu de servicio necesario para embarcarse en esta aventura?
FUENTE DE INSPIRACIÓN: SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER
Los que iniciaron estas Asociaciones contaron con un apoyo que les daba la completa seguridad de que los centros escolares serían una realizad: el impulso y el aliento de una personalidad extraordinaria que recordamos todos con permanente emoción. Nos referimos a la figura amable de San Jose María Escrivá de Balaguer, quien movido por su inmenso amor a Dios y a las almas, supo enfrentar con su responsabilidad de primero educadores a miles de padres de familia (algunos miembros del Opus Dei y otros muchos que no lo eran), y les animó a ponerse en marcha, con una movilización silenciosa y abnegada, para crear y desarrollar estos centros escolares con autonomía y libertad completas.
Queremos expresar esta deuda de gratitud, por un deber de estricta justicia. Miles de padres de familia secundaron confiadamente el impulso del Fundador del Opus Dei, movidos por el ejemplo de su vida santa.
Los padres promovieron los centros escolares, empeñando su ilusión, su patrimonio y su tiempo –bajo su exclusiva responsabilidad, sin comprometer más que a ellos mismos- para sacar adelante una gran aventura educativa en la que pronto comprobaron que los medios disponibles eran escasamente proporcionados con la envergadura del empeño.
Y así comenzó el Centro Escolar El Roble, en una pequeña casa situada en la zona 10 de la Ciudad de Guatemala, unos meses antes de que se construyera jurídicamente la Asociación para el Desarrollo Educativo (APDE), la primera Asociación de Centroamérica. Fue un adelanto que proclamaba la generosidad y la hombría de bien de las gentes de esta tierra guatemalteca y su confianza en un proyecto que entonces sólo podía presentar como realidad el entusiasmo de un reducido grupo de padres de familia que contagiaron luego su seguridad a parientes, amigos y conocidos.
Así comenzarían posteriormente centros escolares en toda Centroamérica. Pequeñas historias que se han repetido sin monotonía, con la frescura de cada nuevo manantial que se abre entre las peñas de una montaña: a través de las dificultades que acompañaron el nacimiento y el crecimiento de cada centro escolar.
En ocasiones, cuando los obstáculos se acumulaban, era preciso aceptar el disgusto de tener que posponer el comienzo del centro escolar un año más. Una seria contradicción para algunos de los padres de familia, porque quizá impidió que el hijo mayor se incorporarse a la primera promoción del centro en que su padre había empleado, aun antes de que naciese, tanta ilusiones, tantas horas de trabajo y tanto sacrificio alegre, inadvertido.
El empeño inicial no era fácil. Ni entonces ni ahora han incorporado las familias por oleadas a los centros escolares. Han acudido una a una: unos padres han traído a otros, convenciéndoles de que valía la pena el esfuerzo de todo tipo para asegurar la formación de sus hijos. Así ha sido y así debe continuar siempre: uno a uno.